
Por Carlos Sicchar (*)
La victoria de Abelardo de la Espriella en Colombia no es un evento aislado. Es la
última pieza de un rompecabezas que viene rearmándose desde hace tres años y
que tiene implicancias directas para Argentina y para el conjunto de América del
Sur.
El abogado barranquillero llega a la Casa de Nariño sin estructura partidaria
tradicional, sin el peso del uribismo y sin los compromisos que ese peso implica.
Eso lo hace, al mismo tiempo, más libre y más frágil de lo que sus votantes
imaginan.
El fin de la «Paz Total» y lo que viene
El primer y más inmediato impacto del nuevo gobierno será el desmantelamiento de
la política de seguridad de Gustavo Petro. La «Paz Total», el intento de negociar
simultáneamente con todas las organizaciones armadas de ese país, está
políticamente muerta desde antes del balotaje. De la Espriella lo confirmó durante
toda la campaña y no hay razón para esperar moderación en ese punto.
Lo que propone en su lugar es una doctrina de «mano de hierro» con inspiración
salvadoreña: fortalecimiento de las fuerzas de seguridad, enfoque en el combate al
narcotráfico y repliegue del Estado como interlocutor de los grupos ilegales. El
problema es que Colombia no es El Salvador. La geografía, la fragmentación de los
actores armados y la profundidad histórica del conflicto hacen que la receta de
Bukele sea mucho más difícil de trasplantar de lo que el discurso de campaña
sugiere.
El riesgo institucional que nadie menciona
El dato más relevante para entender los próximos meses no es ideológico: es
aritmético. De la Espriella no tiene mayoría en el Congreso. Y ya advirtió que si el Legislativo bloquea su agenda, gobernará por decreto: hasta 90 decretos de
urgencia en materia económica y de seguridad.
Esa amenaza tiene consecuencias que van más allá de Colombia. Un ejecutivo que
elude al parlamento para implementar reformas estructurales es un patrón que
debería generar señales de alerta en los analistas de riesgo político de la región,
independientemente del signo ideológico del gobierno en cuestión. La
institucionalidad no es propiedad de la izquierda ni de la derecha.
El giro externo: Washington primero, región después
En política exterior, el cambio será drástico y veloz. Colombia fue durante el
gobierno de Petro una voz incómoda para Washington, al respecto cuestionó la
política antidrogas, se acercó a la Venezuela de Maduro y tensionó la relación bilateral. Ese ciclo termina.
De la Espriella tiene en Donald Trump a su principal respaldo internacional, y esa
relación no es retórica: tiene consecuencias sobre la posición de Colombia en los
organismos multilaterales, sobre la cooperación en seguridad y sobre el acceso a
financiamiento externo. Para la administración Trump, recuperar a Colombia como
aliado estratégico en la región es un objetivo de primer orden.
En el plano regional, Colombia se alejará de los espacios de coordinación
progresista y busca reposicionarse en una geometría de afinidades ideológicas con
Argentina, Ecuador y Paraguay. La conversación con la administración Milei tiene
base real: convergencia en visión económica liberal, alineamiento con Washington y
desconfianza compartida hacia los gobiernos de Mexico, Brasil, Cuba y Nicaragua.
Lo que esto significa para Argentina
Para la gestión Milei, el giro colombiano es una buena noticia en el corto plazo y
una variable de atención en el mediano.
En el corto plazo, Argentina gana un aliado ideológico en una región donde el
presidente argentino había construido su posición internacional en relativa soledad.
Una Colombia alineada con Washington y con agenda de desregulación económica
amplía el bloque de países con los que Argentina puede coordinar posiciones en el
FMI, en la OMC y en los foros hemisféricos.
En el mediano plazo, sin embargo, el riesgo es que la inestabilidad institucional
colombiana con un presidente sin mayoría parlamentaria, con agenda radical y
disposición a gobernar por decreto puede llegar a generar turbulencia política que
se derrame sobre los mercados regionales y sobre la percepción de riesgo de toda
América del Sur.
La lección que deja esta elección no es ideológica: es estructural. En la América
Latina de 2026, los electorados castigan a los gobiernos que no resuelven la
inseguridad y el costo de vida, y premia a quienes ofrecen ruptura,
independientemente de su consistencia programática. Esa lógica no distingue entre
izquierda y derecha. Y Colombia acaba de confirmarlo.
(*) Consultor internacional Licenciado en Ciencia Política / MBA

